A cada edad un juguete

Esta semana, como continuación de mis post anteriores, os voy a comentar que para cada edad hay un juguete y cómo deben ser, para que acertéis siempre cuando se los compréis a vuestros peques.

Mama y bebe jugando
Mamá jugando con su bebé. Foto: depositphotos.com/

Los juguetes constituyen instrumentos idóneos para estimular las capacidades psíquicas, emocionales y motoras del niño. En palabras de Jean Châteu, analista de referencia del juego infantil, «un niño que no sabe jugar es un pequeño viejo y será un adulto que no sabrá pensar». Con la premisa siempre presente de que el niño no juega con el objetivo de preparase para afrontar el futuro, conviene tener en cuenta que jugar desarrolla en el pequeño valores como el sentido cívico o el estímulo de la voluntad.

Los padres y educadores tienen en este sentido el papel de tratar de que la actividad lúdica contribuya a fomentar óptimamente todas las facetas del niño en armonía con sus fases de crecimiento.

 

Cómo debe ser un juguete

Al comprar un juguete nuevo, cabe tener en cuenta algunas consideraciones. En primer lugar, para tener éxito, un juguete debe estar cercano al mundo inmediato del pequeño y a su forma de imaginación. En definitiva, la actividad que proponga el juego debe ser atractiva para el niño, ya que juega para divertirse y no para aprender.

No deben olvidarse los gustos y preferencias del pequeño. Para conseguir una buena adecuación del juguete al niño es necesario conocerle bien. Por ello, es imprescindible dedicar tiempo a jugar con los hijos.

En cuanto al crecimiento del niño, conviene regalar juguetes que desarrollen aspectos concretos de su personalidad, pero también algunos que complementen sus tendencias más acusadas

Al comprar un juguete hay que atender a su diseño, forma y color, ya que favorecen la motivación. Además, los más apreciados son aquellos que sirven para jugar con otros niños.

En definitiva, el mejor juguete no es el más caro, si no el que mejor se adapta a la personalidad, edad y madurez del niño. Y el que le permita, ante todo, jugar con su familia.

 

Jugar con nuestros hijos

Los juguetes constituyen una actividad natural y propia de la infancia y tienen una función didáctica que los padres deben potenciar dedicando tiempo a jugar con sus hijos.

Una buena comunicación familiar se basa en la demostración del afecto, del cariño, del malestar; en definitiva, de compartir las emociones. El juego y el juguete se han revelado como unos excelentes aliados de los padres para mantener esta comunicación.

Numerosos estudios han demostrado a lo largo de los años que el juego y los juguetes constituyen una actividad natural y propia de la infancia y que tienen una función didáctica al servicio del aprendizaje y el desarrollo del niño.

Por ello, el papel de los padres es ayudar en el desarrollo de sus hijos y en lo que respecta al juego, ese papel va cambiando a lo largo del crecimiento del niño. Hay que tener en cuenta que hablar de jugar juntos no significa necesariamente jugar en un espacio predeterminado. El juego puede nacer de cualquier momento, de cualquier circunstancia y en cualquier espacio.

Durante la primera infancia, la ayuda es la función más importante y la misión de los padres es la de acercarle al mundo a través de sus sentidos y que descubra nuevas experiencias. A partir de los 3-4 años, los padres acompañan más en el juego, compartiendo con ellos ese rato de diversión. Cuando cumplen 6-7 años, el compartir se convierte en algo más. Es colaborar, competir, favorecer que se sientan más iguales en el juego. Con nueve años o más, los padres se convierten en auténticos compañeros de juego, entregados tanto a la competición como a la cooperación. El mayor desarrollo madurativo y cognitivo de los niños permite a padres e hijos compartir juegos más complejos.

La adolescencia y la juventud son periodos de grandes cambios y son etapas en las que el individuo se distancia de los padres. Pero es beneficioso para el establecimiento de una adecuada relación familiar mantener la acción de jugar a medida que crecen. Así se logra que la comunicación se mantenga y la buena relación familiar se consolide.

Si hace años la calle y los niños del barrio eran las claves fundamentales del juego, en el sistema en el que hoy vivimos los miembros de la familia son, en ocasiones, los principales compañeros de juego de los pequeños. Por otro lado, existen muchas familias en las que el padre y la madre trabajan, a las que no les resulta fácil buscar tiempo para el juego.

Por eso cuando los padres juegan con sus hijos, la capacidad de disfrute de los primeros llevará a que los niños desarrollen una capacidad lúdica y de disfrute ante la vida, lo que sin duda ayudará a que sean más felices. Si el tiempo que los padres destinan a los niños en actitud abierta y sincera positiviza en gran medida su correcto desarrollo, el hecho de «compartir tiempos de juego» es la perfecta combinación para hacer de estos tiempos una excelente base para una relación familiar sólida.

 

 

¿QUIEN  HA DICHO QUE LA VIDA ES SUEÑO?

LA VIDA ES UN JUEGO

Gabrielle D’Anuncio

Fdo: Sonia Rodriguez. Psicologa Gestalt en www.ciparhpsicoterapia.com

 

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